jueves, 13 de marzo de 2014

Miedos infantiles

Qué tengan miedo los niños es algo habitual. Los miedos de los niños son evolutivos, es decir, son naturales y van cambiando según la edad del niño, por esto no se tienen miedo a las mismas cosas a medida que van creciendo. La clave está en ir superándolos cada uno de los miedos que se van presentando en su momento y a la edad en la que aparece, evitando que se queden bloqueados y que se acumulen a lo largo de su crecimiento, convirtiéndose en un "niño miedoso".

Miedos evolutivos normales

Edades Miedos
0 a 1 añoMiedo ante personas o estímulos desconocidos 
2 a 4 añosMiedo a los animales
4 a 6 añosMiedo a la oscuridad, a las catástrofes, y a los seres imaginarios (monstruos y fantasmas)
6 a 9 años Miedo al daño físico o al ridículo debido a no poseer las habilidades escolares y deportivas adecuadas
9 a 12 años Miedo a los incendios, accidentes, a contraer enfermedades graves. 
12 a 18 años Miedos relacionados con el autoconcepto personal (capacidad intelectual, aspecto físico, temor al fracaso) y con las relaciones sociales.


¿Cuándo un miedo se convierte en un problema?

El miedo es un sistema primitivo de alarma que nos ayuda a evitar situaciones potencialmente peligrosas. 

Por todo esto, es importante marcar la diferencia entre los miedos evolutivos, pasajeros y naturales que forman parte del curso normal del niño y los miedos patológicos que pueden precisar una intervención clínica. A estos últimos se les conoce habitualmente con el nombre de“fobias” y se presentan estas dos características:
  • El miedo es desproporcionado. Es decir,  aparece ante situaciones que no justifican la respuesta evocada o esta última es demasiado intensa en relación al estímulos que la provoca.
  • El miedo resulta desadaptativo. Produce gran malestar al niño y repercute significativamente en su funcionamiento diario, interfiriendo en sus entornos rutinarios (como en el colegio, en la familia, actividades de ocio y relaciones sociales, etc).
¿Cómo se convierte en una fobia?

En la mayor parte de ocasiones  lo que explica que un miedo normal que debería superarse de forma espontánea se mantenga y se intensifique en el tiempo, se explica por las conductas que los padres y el propio niño empiezan a hacer. Cuando comienza el pequeño a desarrolla miedo ante un estímulo por lo general comienza una serie de conductas encaminadas a evitar la aparición del estímulo que genera el malestar o, una vez que éste se presenta, intenta escapar de él. 

Por ejemplo, un niño que teme a los perros podrá no querer salir a la calle o evitar cruzarse con un animal por la misma acera, hacer que escondan al perro cuando va a una casa en la que haya algún perro...y en los casos más extremos, mostrar tremenda angustia, llorando y gritando para dejar patente su miedo. Por lo general, cuando los padres se encuentran en casos como estos, les es complicado saber cómo enfrentarse y como actuar ante este miedo de su hijo, intentan poner en funcionamiento estrategias que creen que ayudarán al pequeño a sentirse mejor. Lo que pasa en la mayoría de ocasiones es que las estrategias utilizadas que hacen los padres o el propio niño creyendo que así se sentirá mejor, no siempre es lo más adecuado para él, ni lo más oportuno para ayudarle a superar su miedo. Acceder a las demandas del hijo, permitiéndole evitar los estímulos temidos, en lugar de un avance en la superación del miedo, constituye un avance hacia el incremento de éste, y es que, los miedos crecen cuando evitamos afrontarlos.
¿Por qué los miedos crecen cuando los evitamos?
El porqué de que un miedo se mantenga y aumente se encuentra en el los mecanismos de aprendizaje que se ponen en marcha cuando aparece nuestro temor. Cuando el estímulo temido se presenta, este nos provoca una reacción corporal automática que ha sido asociada con dicho estímulo de forma que se repite cada vez que el miedo aparece. 

Esta reacción puede ser desde que nuestro corazón palpite más rápido, al igual que crezca el número de respiraciones, la tensión de la musculatura, el incremento de la temperatura corporal, de la sudoración, etc. Antes que esta respuesta fisiológica, se pone en funcionamiento una respuesta cognitiva que es lo que pensamos acerca de la situación, valorar el grado de peligro que tiene, nuestras posibilidades de evitarlo… Algo bastante frecuente es comenzar a pensar sobre las cosas malas que nos podrían suceder. Esto es habitual en algunos miedos infantiles como en el miedo a la oscuridad, donde la imaginación juega un papel fundamental. Esta respuesta cognitiva ayuda a acrecentar la respuesta psicofisiológica, aumentando el malestar y la tensión. 

El tercer elemento de la respuesta de temor es la conducta motora, es decir, lo que hacemos cuando nos encontramos en la situación o el estímulo temido o cuando creemos que va a aparecer. Dentro de esta categoría se encuentran las respuestas de escape o evitación que nos ayudan a distanciarnos o poner fin al estímulo temido (Por ejemplo si un niño, como en nuestro ejemplo anterior, tiene miedo a los perros y sabe que en el parque es muy probable que encuentre a alguno, puede dejar de querer ir al parque, si le da miedo la oscuridad puede pedir a mamá o a papá dormir con él o que le acompañe a entrar en las habitaciones oscuras…).
¿Qué puedo hacer?
  • Demuestra tranquilidad  y  transmitela. El niño mediante el aprendizaje por modelado (imitación) interioriza los patrones que ve dentro de su familia. Si mostramos tensión, le enseñamos al niño a tener tensión.
  •  No  obligues  al  niño  a las situaciones, cosas y objetos que le dan miedo. Elabora un  plan  de  acercamiento paulatino.
  • Tu ejemplo es la mejor arma. Enseña al niño que no pasa nada en esas situaciones que le producen temor.
  •  Bajo ninguna circunstancia ridiculices al niño y respeta sus miedos.
  • Si el niño es pequeño (1 a 4 años) utiliza algún cuento inventando con algún objeto o situación concreta que le ayude a superar ese miedo (recuerda la pluma de Dumbo).
  • Cuando sea más mayor (5 a 9 años).  Acompáñale y ayúdale a enfrentarse a los miedos, utiliza el juego y el humor (si tiene miedo a la oscuridad, juega con él encendiendo y apagando la luz) de esta forma se reducen sus temores.
  • Si ves que los miedos persisten con el tiempo e incluso se intensifican lo mejor y más adecuado es buscar ayuda profesional para que evalúe y confeccione un tratamiento eficaz para que poco a poco vaya desapareciendo el malestar del pequeño. En nuestro centro de psicología podemos ayudarte, infórmate sin compromisos www.tupsicologovalencia.com.
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Hasta el próximo día!

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